
Desde niña, nunca me ha gustado copiar, ya sea de fotos o de la misma naturaleza, esto me aburre como una ostra. Puedo admirar obras de otras personas que lo hacen y muy bien, pero no es lo mío.
Tampoco soy tan libre como los artistas que abordan la tela sin ninguna idea previa; entonces todo surge como un impulso absoluto, casi automático, sin ninguna premeditación, algo que me parece de verdad, muy interesante.En mi caso, parto de imágenes fugaces que visualizo antes de dormirme y que me apresuro a anotar en un cuadernito, antes de que se me esfumen raudamente como llegaron.
Colores, rostros, figuras, luces, la silueta de la ciudad, cielos, copas de árboles, el movimiento de la calle o el silencio de la noche…todo puede convertirse en el disparador de una obra.
A veces, las noticias o los recuerdos generan en mí series enteras (como en el caso de los ejecutivos en zonas abstractas, los argentinos equilibristas o los juguetes de la infancia que no me resigno a abandonar). No me inspiro en temas musicales o en la literatura, no suelo ilustrar, pero sí me sucede, que encuentro coincidencias o vibraciones similares en algunos casos, a posteriori. Y me alegro cuando puedo identificar alguna de mis obras con unos versos o con alguna música: he descubierto un alma semejante.
Una vez capturado un boceto de idea, hago algunos dibujitos con indicaciones para mí misma, que se almacenan en mi cuaderno nocturno.
Mi cuaderno está atiborrado de ideas, siempre mi imaginación me lleva la delantera y mis pinceles no le siguen el ritmo: siempre estoy retrasada en mis planes. Todas las noches reviso el cuadernito y empiezan a surgir modificaciones, aún antes de haber empezado a pintar.
Cuando llego al taller y comienzo una obra nueva, ya llevo una idea, pero SIEMPRE cambia en el proceso. El “cómo” va mutando y a veces, un elemento que sería sólo un detalle, cobra gran protagonismo. Otras veces, cambia la paleta imaginada de antemano.
En ocasiones, pareciera que los mismos personajes me pidieran una corbata más vistosa, un sombrero más alto, una varita mágica…o que los colores me hablaran y el azul intenso me dijera:"Hoy estoy melancólico, por favor necesito algo de gris en la mezcla...” o el blanco de la luna me preguntara:“Quién dijo que soy absolutamente blanca, me has mirado bien?”…y así infinitamente.
Aunque se vea terminada, hasta que la obra no me satisface por completo, yo sigo, retoco, ilumino, oscurezco, hago desaparecer…soy por unos instantes, dios creador de ese pequeño mundo naciente y puedo hacer y deshacer a mi antojo.
Terminada cada jornada, es bueno dejar reposar la obra en la oscuridad del taller y reencontrarme con ella al otro día. A veces me agrada más que antes, otras veces, la desilusión es terrible.
De muy joven, tiraba y desechaba muchas obras. Hoy en día, trato de sacarlas a flote, rescatarlas, pelearlas, revivirlas…y lo he logrado algunas veces.
Una vez que se termina, sobreviene un vacío: ese trabajo ensimismado y ese mundo que nos ocupaba ha concluido. Pero lo extraño, es que al terminarlas, las obras dejan de pertenecerme. Ya están “afuera de mí misma”, son para el quiera contemplarlas, usarlas como fondo de pantalla, o decidirse a comprarlas y llevarlas a su propia casa.
Antes me costaba mucho desprenderme de mis cuadros. Ya no.
Hay algunos pocos que conservo para mí, pero es mayor el gozo que siento cuando un retazo de mi alma, de mis sueños, de mis horas de pincel, parte a ser colgado en otras paredes, a veces muy lejanas.
Es mentira que el artista crea para sí mismo. El artista recrea su propio mundo, pero la obra sólo se completa con la mirada del “otro”.
Una obra guardada es como si estuviera muerta, asimismo, la música sólo existe de verdad cuando es escuchada, no respira en la partitura.
Ese otro, el receptor u observador, puede poner en ella su propia fantasía,y de algún modo, puede re-inventarla.
Desde aquella primera imagen o visión, que muta a veces antes de ser pintada, más los caminos que se abren en el mismo devenir de la obra, sumado a las infinitas lecturas posibles de los espectadores, las ideas o motivos iniciales son sólo un punto de partida, una excusa, para que cada uno contemple su propio sueño.









