Esta semana hice una fugaz visita a la ciudad balnearia de Punta del Este, Uruguay, país pequeño y calmo en relación a nuestra amada y turbulenta Argentina.
La mayoría de la gente que elige Punta del Este para sus vacaciones, lo hace por el glamour que florece en esa época: modelos, autos lujosos, edificios, hoteles y casas fastuosas… buen gusto, combinado con altas dosis de frivolidad. Sin embargo, hay quienes escapan del tumulto snob y buscan, en parajes alejados, un remanso para el espíritu que ofrece la naturaleza en esas costas.
En esta ocasión, el motivo de mi viaje no eran exposiciones ni turismo, sólo tediosos trámites, pero aproveché las pocas horas de recreo para fotografiar algunos lugares encantadores.
No llegué a ir a “Casapueblo”, una blanca y soñada construcción, casa taller del artista Páez Vilaró, que conocí en un viaje anterior. Quedará entre los futuros destinos a compartir desde aquí.
Lo que puede apreciar esta vuelta:
La mayoría de la gente que elige Punta del Este para sus vacaciones, lo hace por el glamour que florece en esa época: modelos, autos lujosos, edificios, hoteles y casas fastuosas… buen gusto, combinado con altas dosis de frivolidad. Sin embargo, hay quienes escapan del tumulto snob y buscan, en parajes alejados, un remanso para el espíritu que ofrece la naturaleza en esas costas.
En esta ocasión, el motivo de mi viaje no eran exposiciones ni turismo, sólo tediosos trámites, pero aproveché las pocas horas de recreo para fotografiar algunos lugares encantadores.
No llegué a ir a “Casapueblo”, una blanca y soñada construcción, casa taller del artista Páez Vilaró, que conocí en un viaje anterior. Quedará entre los futuros destinos a compartir desde aquí.
Lo que puede apreciar esta vuelta:

Las mansas lagunas se funden con las aguas del mar cada tanto, algunos pescadores pasan la tarde en soledad y silencio…
En la zona llamada Barra de Maldonado, se encuentran coloridas callecitas como ésta, con modernas y rústicas casas rodeadas de vegetación y arena.
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Un agradable reducto para comer en la misma zona, tomado al azar: una exquisita fusión de detalles orientales, caracoles, telas de vivos colores, impregnado por el aroma marino.
Esta curiosa escultura, llamada “La mano” o “Dedos” por los turistas, se convirtió en ícono de la ciudad. También se ha denominado “Monumento al ahogado” u “Hombre surgiendo a la vida”. La original obra fue realizada en 1982, en el Primer encuentro de Escultura Moderna al aire libre, por el artista chileno Mario Irrazábal, quien tardó sólo seis días en completarla.
A mí me recordó a Gulliver, en un nuevo viaje, pero al fondo del mar, despertando en una tranquila playa, estirando sus largos brazos, hasta sacar los dedos a través de la arena.
Lo lindo de la espontánea escena, es que muchos niños se trepaban a los dedos en ese momento.
Nadie temía al gigante dormido en la ciudad soleada ayer por la tarde.









