Las bicicletas han aparecido en muchas de mis pinturas desde el año 2000 en adelante. Las he convertido en un etéreo vehículo capaz de atrevesar el espacio. "Desencuentro espacial" habla de los cruces entre seres humanos que no se concretan. Tuvo su origen en la historia de un desencuentro amoroso y la reflejé así: dos bicicletas circulan a alta velocidad en el cielo y no llegan a encontrarse, por obra del azar.
Esta pintura la vendí hace pocos días (¿será un buen auspicio para el 2010?) en la galería de mis amigas de Estudio 9 Arte http://estudio9arte.blogspot.com/
en el porteño barrio de Palermo.
Las bicicletas me resultan un objeto de arte en sí mismo, son realmente bellas.
(Y les contaré un secreto, con algo de pudor: nunca aprendí a manejarlas!!!!)
Han sido inspiración de pintores, fotógrafos, poetas y de inolvidables escenas de cine.
Cuando visité la casa de Neruda en Chile, me traje una postal con esta maravillosa:
"ODA A LA BICICLETA"
“Iba por el camino crepitante: el sol se desgranaba como maíz ardiendo y era la tierra calurosa un infinito círculo con cielo arriba azul, deshabitado.
Pasaron junto a mí las bicicletas, los únicos insectos de aquel minuto seco del verano, sigilosas, veloces, transparentes: me parecieron sólo movimientos del aire.
Obreros y muchachas a las fábricas iban entregando los ojos al verano, las cabezas al cielo, sentados en los élitros de las vertiginosas bicicletas que silbaban cruzando puentes, rosales, zarza y mediodía.
Pensé en la tarde cuando los muchachos se laven, canten, coman, levanten una copa de vino en honor del amor y de la vida, y a la puerta esperando la bicicleta inmóvil porque sólo de movimiento fue su alma y allí caída no es insecto transparente que recorre el verano, sino esqueleto frío que sólo recupera un cuerpo errante con la urgencia y la luz, es decir, con la resurrección de cada día.”
Pasaron junto a mí las bicicletas, los únicos insectos de aquel minuto seco del verano, sigilosas, veloces, transparentes: me parecieron sólo movimientos del aire.
Obreros y muchachas a las fábricas iban entregando los ojos al verano, las cabezas al cielo, sentados en los élitros de las vertiginosas bicicletas que silbaban cruzando puentes, rosales, zarza y mediodía.
Pensé en la tarde cuando los muchachos se laven, canten, coman, levanten una copa de vino en honor del amor y de la vida, y a la puerta esperando la bicicleta inmóvil porque sólo de movimiento fue su alma y allí caída no es insecto transparente que recorre el verano, sino esqueleto frío que sólo recupera un cuerpo errante con la urgencia y la luz, es decir, con la resurrección de cada día.”
(Pablo Neruda)
Para concluir este breve homenaje a la bicicleta, no puedo olvidar aquella romántica escena por la que suspiramos tantas jóvenes muchos años atrás.
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