by Graciela Bello. ART, LOVE & PEACE!!!

MI VERDADERO OFICIO...

"Yo no existía para hacer versos, para predicar o para pintar. Ni yo, ni ningún otro hombre existíamos para eso. Todo ello era secundario... El verdadero oficio de cada uno era tan sólo llegar hasta sí mismo. Luego podía terminar en poeta o en loco, en profeta o en criminal. Eso no era cosa suya, y, además en último término, carecía de todo alcance. Su misión era encontrar su destino propio, no uno cualquiera, y vivirlo por entero hasta el final." (Demian, Herman Hesse)

ESTE ES MI MUNDO. TE INVITO A CONOCERLO!!!

ESTE ES MI MUNDO. TE INVITO A CONOCERLO!!!
Graciela Bello, artista argentina contemporánea.
"Si alguna vez me retiro, por razones humanas o no humanas, no debes jamás tener miedo de buscarme porque siempre sabrás encontrarme cuando así lo anheles. Más tarde nos comunicaremos de una manera tan perfecta que los terrores y debilidades se transformarán radicalmente en puentes." (Leonora Carrington)

"Si tú eres un espejo para mí, yo seré un espejo para ti, ayúdame a conocerme, y yo te ayudaré a conocerte".(Louise Bourgeois)



viernes 29 de enero de 2010

Hay tanta belleza en el mundo...


Las “Cartas a un joven poeta” de Rainer María Rilke, han sido para mí una valiosa guía en mi tarea de artista desde hace muchos años. He releído esas cartas tantas veces, que casi las sé de memoria. Hace poco, ha llegado a mis manos otro libro de cartas de Rilke (escribió miles en su vida). Muchas de ellas están dirigidas a mujeres, quienes seguramente lo habrán amado, algo muy natural ante palabras tan dulces, tristes y bellas.
Pero así como escribía a sus protectoras femeninas, con la misma devoción y amor desinteresado, escribía otras cartas. La que transcribo a continuación, me ha impactado especialmente por su ternura; y por el modo sencillo y poético con que le explica a un niño el concepto sobre la belleza en el mundo. La carta está dirigida a Helmut, un niño de diez años, cuñado de Rilke, el pequeño hermano de Clara Westhoff, escultora y pintora, esposa del poeta.

Westerwede, 12 de noviembre de 1901

Mi querido Helmut:

Me has escrito una hermosa carta y muy amablemente has pensado en mí, aunque no te haya enviado aún el poema sobre la pluma de pavo real que te prometí hace ya mucho tiempo. No obstante, ahora mismo voy a poner manos a la obra y te lo copiaré a partir del libro impreso. Escribí ese poema hace ya varios años en Munich, donde, en octubre, tiene lugar algo parecido a vuestra feria franca. Había allí un inmenso prado cubierto de barracas. Y mientras los asistentes mataban el tiempo riendo, bromeando e intentando cosquillearse con la ayuda de largas plumas de pavo (cosa que, al parecer, les divertía mucho), yo me paseaba a solas con la mía, demasiado orgulloso como para intentar cosquillear a nadie; y cuanto más la llevaba conmigo, más me impresionaba su forma lanceada, el elástico balanceo de su tallo, la belleza de su parte superior donde “el ojo del pavo” me observaba con mirada sombría y misteriosa. Creí ver por primera vez una pluma así. Ví también cuántas inmensas bellezas contenía, bellezas que nadie, excepto yo, parecía notar. De ese sentimiento surgió el poemita que dediqué a un amigo, un pintor del que conocía su afición a esas plumas.
¿Te imaginas qué puede significar una pluma de pavo real para un pintor cuya intimidad con los colores es mucho mayor que la nuestra, cuántas lecciones puede aprender y qué alegría le puede dar la contemplación de tanta armonía y de tantísimo color concentrado en tan poco espacio?
¿Sabes, querido Helmut, qué fue lo que se mostró como esencial?
Constatar una vez más que la mayoría de las personas se sirven de las cosas para hacer tonterías (como hacerse cosquillas) en vez de mirarlas bien y preguntarse por su belleza. De aquí que la mayoría de las personas no sabe que el mundo es bello y que las cosas más pequeñas-una flor diminuta, una piedra, una corteza, una hoja de abedul- irradian luz y son espléndidas.
Los mayores, con todos sus quehaceres y ansiedades, atormentándose por nonadas, ya no perciben estas riquezas, que los niños, si son buenos y están atentos, muy pronto descubren y aman con todo su corazón. Sin embargo, lo mejor sería que todos se esforzaran por seguir siendo en esto como un niño, atento y bueno, inocente y piadoso en su corazón, y que no estropearan el don de alegrarse de una hoja de abedul, de la pluma de un pavo real o del ala de una corneja, como también de un monte muy alto o de un magnífico palacio.
Porque, de la misma forma que lo grande es grande, lo pequeño no es pequeño. Una gran belleza empapa al mundo entero, equitativamente repartida entre lo pequeño y lo grande. En esto no hay injusticia en la tierra.
A medida que me voy haciendo mayor, más sé que hay mucha belleza esparcida en el mundo, que casi todo es belleza.
Lo sabes tan bien como yo, Helmut. Y ahora, una vez más, gracias, querido Helmut: no importa que hoy no sea mi cumpleaños, sino sólo mi santo…
…¡Lástima que no estés aquí con tu hermano y tus padres! Habríamos podido charlar, os habría contado algún hermoso cuento y, sobre todo, nos habríamos repartido un buen pastel que me han regalado!
Saludé de tu parte a nuestro perro negro. Cuando lo hago se levanta sobre sus patas traseras, pone las delanteras sobre mis hombros e intenta darme un gran lametazo negro - cosa que, claro está, no le permito. Es muy vigoroso y cuando ladra uno puede espantarse si no tiene la conciencia del todo limpia. Afortunadamente la nuestra está en buen estado.
Clara te saluda con mucho afecto y te da las gracias, mi querido Helmut.
Tu fiel, Rainer.


En esta escena de "American Beauty" (1999), el joven cineasta intenta capturar con su mirada profunda y el ojo de su cámara, la Belleza que puede aparecer en el objeto más trivial, sólo si sabemos percibirla.