Las vacaciones deberían ser un momento ideal, casi espectacular. Además de disponer de unos cuantos días libres del trabajo habitual, todos los problemas de nuestra vida deberían “congelarse”, por lo menos durante ese lapso de tiempo, a fin de que podamos disfrutar del necesario descanso, distendidos y alejados de la Realidad.
Cuando era niña, el verano era muuy largo, casi una eternidad de caminatas por la playa con mi hermana, recogiendo caracoles en baldecitos de colores. Tal vez los problemas también existían, pero seguramente los mayores se las ingeniaban para que las niñas nos bebiéramos el verano lentamente, como a sorbos de jugo de naranja recién exprimido, sin enterarnos de nada.
Este año, si continúo esperando a que todo se acomode en mi entorno para poder partir de vacaciones, pasará la estación estival y seguiré en Buenos Aires, agotada y sin soluciones. Por lo tanto, optaré por breves escapadas entre la ciudad y el bosque cerca del mar. En la ciudad de cemento pintaré el piso de mi cuarto con intenso turquesa y oleaje añorado. En la ciudad costera, trataré de respirar hondo el aire marino y el aroma del bosque, aunque sea por pocos días, para impregnar mi alma y renovar mi espíritu.
Mi notebook me acompañará. Decidí no “cerrar por vacaciones”.
Después de todo, un poco de trabajo placentero y mis “retazos” de vacaciones no son tan incompatibles. Espero que me acompañen.










