
Graciela y sus arboledas, a fines del 2009 en Estudio 9 Arte.
Hace justo dos años, en Agosto del 2009 yo pintaba una de mis arboledas y escribí el post que cito a continuación: “DOS MUJERES Y SUS PLANTAS”
“Mi abuela siempre decía que en agosto retornaban los días cálidos, aunque nuestra primavera llega recién a fines de septiembre.El domingo 31 de agosto a la tarde estaba realmente caluroso y después de varios meses, decidí abrir el balcón de mi taller.
Al deslizar la puerta corrediza y sentir el aire cálido que entraba desde la calle, me dí cuenta de lo encerrada que había pasado este largo invierno. Levanté todas las cortinas, entusiasmada por la luz natural que iluminaría mi mesa de trabajo. La luz, a esa hora, no era suficiente para pintar, por lo que encendí una lámpara dirigida sobre el bastidor de tela, parecida a las que tienen los arquitectos en sus tableros de dibujo.
Desde afuera supongo que se veía un pequeño balcón, un ventanal abierto y en el interior: un atril, cuadros apilados sobre las paredes, rollos de papel y una mesa escritorio iluminada, en la que trabajaba una mujer de delantal naranja, entre tarros de colores, frascos de agua y muchos pinceles. La mujer muy concentrada llevaba su mano del dibujo a los frascos de color, al agua, al trapo arrugado sobre la mesa, una y otra vez, pintando algo que desde afuera no se podía ver. Se escuchaba de fondo, una música en la radio, única compañía de la solitaria mujer, que parecía muy entretenida en su tarea.
De pronto, algo la distrajo. Miró hacia fuera y en el balcón de enfrente, pudo ver a otra mujer, también entusiasmada por el calor recién llegado, en vestido casi playero y ojotas. Se disponía a arreglar sus plantas. La mujer del balcón se agachó y comenzó a quitar las hojas secas y a remover la tierra de las macetas.
Entretanto, la mujer del taller pintaba una arboleda, tomaba un tono rojizo para algunas copas y un ocre iluminado para otras. La mujer del balcón la distrajo y su mirada comenzó a alternar del cuadro al balcón, de las hojas de los árboles que pintaba, a la figura de la otra mujer, que llegaba de nuevo con una regadera y comenzaba a mojar las plantas; algunas ya tenían las primeras flores. En ese instante, entre pinceladas, de dio cuenta de que las dos estaban haciendo exactamente lo mismo, cada una ensimismada en su propio reino vegetal.
La lámpara del taller ya brillaba en el atardecer de la ciudad y la mujer del balcón reparó en la luz del ventanal y descubrió a la pintora de domingo. Mientras seguía arreglando sus macetas, cada tanto la observaba.
Y así siguieron por más de media hora, disimulando sus miradas, trabajando ambas con sus plantas.
Supongo que la cándida señora del balcón, que eternizaba la tarde de domingo, debió pensar: ¡Qué lindo sería pintar como la desconocida vecina del taller de enfrente! Quizás por un momento le hubiera gustado ser esa pintora.
Lo que seguramente no imaginó, es que la mujer que pintaba, al ver a la vecina acariciando las hojas húmedas y la tierra fresca, añoraba ser aquella otra que regaba las plantas, esa misma cálida tarde que se terminaba agosto…”
"Arboleda de ensueño" en el hogar de su nueva joven dueña.
Las pinturas fueron expuestas un par de veces en este lapso de tiempo, hasta que en junio de este año, casi al unísono, fueron vendidas a dos jóvenes empresarias, una de Argentina, otra de USA. Tal vez eligieron estas obras, buscando abrir un ventanal de aire puro en sus oficinas o en sus mismas vidas.
La historia sigue… porque en este Agosto (que no resultó tan cálido como decía mi abuela) yo continué pintando nuevas arboledas (prometo compartirlas cuando tenga las fotos)…ya les tomé afecto y sigo encontrando otras versiones. Este mes no vi a la vecina de enfrente, seguro está adentro, abrigada, porque el frío es intenso como para andar en el balcón detenida en las plantas.
Y hoy por azar, encontré una frase, que viene como anillo al dedo para mis arboledas recién nacidas:
“… en un rincón de mí nacerá una planta (…) presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea.” (Felisberto Hernández)